Una cartografía para visibilizar las lenguas indígenas de la Argentina

Cientos de miles de personas hablan lenguas indígenas en hogares de la Argentina pero los sistemas oficiales de medición casi no los cuentan. Un equipo de investigadores del CONICET y universidades nacionales construyó la primera plataforma integrada que cruza datos lingüísticos, censales y educativos para mostrar una realidad que las estadísticas siguen sin ver.

Por Matías Ortale  
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Agencia TSS – En algunos departamentos del norte argentino, más de la mitad de los estudiantes de primaria dicen hablar en sus hogares una lengua indígena. En la Ciudad de Buenos Aires, uno de cada diez responde lo mismo. Esos datos surgieron de las Pruebas Aprender, un relevamiento nacional que incluye una pregunta sobre uso de lenguas en el hogar y que, sin embargo, casi no aparecen en las estadísticas oficiales. Esa distancia entre lo que circula en la vida cotidiana y lo que registran los sistemas de medición fue el punto de partida de una iniciativa que buscó ordenar un territorio que, hasta ahora, estaba más fragmentado que cartografiado.

El proyecto fue liderado por Pablo De Grande, Fernando Longhi, Ana Carolina Hecht y Paola Cúneo, junto a más de 20 investigadores del Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES, CONICET-UNT), el Instituto de Geografía, Historia y Ciencias Sociales (IGHCS, CONICET-UNICEN), el Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (INAPL) y el Instituto de Lingüística de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. El resultado es el Mapa de pueblos indígenas, lenguas y educación intercultural en Argentina, una plataforma que no solo ubica lenguas en el territorio, sino que también permite compararlas, superponer capas de información y abrir fichas con datos sobre familias lingüísticas, estimaciones de hablantes y bibliografía especializada.

La construcción de la herramienta implicó enfrentar un problema que los propios especialistas arrastraban desde hacía años: no existía una fuente única ni consensuada que permitiera reconstruir de manera integrada la situación de las lenguas indígenas en el país. La información estaba dispersa entre censos nacionales, registros del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), relevamientos educativos y trabajos de campo elaborados con criterios distintos: “Siempre nos pedían un mapa y cuando Pablo nos habló del proyecto pensamos que no se podía”, recuerda la lingüista Paola Cúneo, investigadora del CONICET en el Instituto de Lingüística de la UBA. Las dificultades eran técnicas pero también había debates sobre cómo delimitar una lengua, cómo nombrarla o cómo estimar su distribución territorial.

 

La construcción del mapa implicó enfrentar un problema que los propios especialistas arrastraban desde hacía años: no existía una fuente única ni consensuada que permitiera reconstruir de manera integrada la situación de las lenguas indígenas en el país.

 

La tarea demandó varios años y una extensa red de consultas con especialistas de distintas regiones. Entre las fuentes utilizadas se encuentran los microdatos del Censo Nacional 2010, registros del INAI, información sobre establecimientos con educación intercultural bilingüe y las Pruebas Aprender 2018. A medida que avanzaba el proyecto, el equipo incorporó registros sonoros de las comunidades, integrando la dimensión oral de cada lengua para que no aparecieran únicamente como categorías estadísticas. Esa decisión abrió una pregunta que atravesó toda esa etapa: “¿Cómo volvemos sonoro un mapa?”, cuenta Fernando Longhi, investigador del CONICET en el ISES (CONICET-UNT).

Para Longhi, el mapa buscó ser al mismo tiempo una simplificación clara y didáctica, y una herramienta capaz de sostener la complejidad que representa: “Queríamos que tuviera todas esas virtudes que se suelen ver en los mapas pero sin perder ese distintivo de complejidad que tiene la realidad”. Otra decisión central fue priorizar, en los casos posibles, las autodenominaciones de las propias comunidades. Un ejemplo es el de una comunidad del oeste de Formosa que se autodenomina Qomlec y que en otros registros aparecía bajo denominaciones diferentes. La inclusión de su propio nombre tuvo un impacto inmediato: docentes y habitantes reconocieron la denominación que la comunidad usa para nombrarse: “Estar en el mapa tiene un valor simbólico muy importante”, explica Cúneo.

Los números que no cierran

Fue justamente la comparación entre los datos de las Pruebas Aprender y los relevamientos censales la que llevó al equipo a revisar cómo se está midiendo actualmente el uso de las lenguas indígenas en Argentina. Una de las conclusiones más contundentes que surgió del análisis es que el uso de lenguas indígenas y la identificación como integrante de un pueblo originario no evolucionan de manera uniforme ni pueden tomarse como fenómenos equivalentes. Desde 2001, el Censo Nacional pregunta si la persona se reconoce indígena o descendiente de pueblos indígenas. En 2022, el 2,9% de la población respondió afirmativamente.

 

El proyecto de mapeo se realizó sin financiamiento específico, en un contexto de desinversión sostenida a las Ciencias Sociales en la Argentina.

 

Las preguntas sobre conocimiento o uso de lenguas indígenas, sin embargo, se realizan únicamente dentro de ese grupo y no sobre el conjunto de la población: “Se está midiendo el uso de la lengua pero solo entre las personas a las que ya les hiciste otra pregunta antes y sabés que solo el 3% responde que sí”, explica De Grande, especializado en análisis demográfico y uno de los coordinadores del proyecto. «El resultado es, por lo menos, sesgado». Los investigadores señalan que esta limitación fue planteada ante autoridades del INDEC en instancias previas al Censo 2022 pero las sugerencias no fueron incorporadas en el diseño final del cuestionario.

El problema se vuelve más evidente cuando se observa que el uso de una lengua no siempre coincide con la pertenencia formal a un pueblo indígena. En provincias como Corrientes o Santiago del Estero, el guaraní y el quichua santiagueño circulan en la vida cotidiana más allá de la autoadscripción identitaria: “Son dos lenguas muy utilizadas pero no son habladas exclusivamente por la población indígena”, señala Cúneo. Y agrega: “No tenemos información porque las personas respondieron primero por la autodescripción y después por la lengua, entonces no tuvieron posibilidad de decir que hablan una lengua indígena cuando no se reconocen como indígenas”.

En el fondo, hay una idea equivocada que opera como supuesto no cuestionado, tanto en las decisiones del INDEC como en buena parte de las representaciones sociales sobre la diversidad lingüística del país: la de equiparar una lengua a un pueblo: “Es una idea muy europea, que viene de cuando se formaron los estados nación y de la necesidad de hacer corresponder una lengua con un pueblo”, señala. “Pero hoy sabemos que no es esa la realidad: un mismo pueblo puede hablar más de una lengua y ésta puede ser hablada por más de un pueblo. No hay una relación uno a uno”.

El presente que el mapa nombra

La plataforma incorpora información sobre el estatus escrito de cada lengua, un elemento que apunta a un prejuicio extendido: “En el imaginario, las lenguas indígenas no tienen gramática y por eso no se pueden enseñar”, describe Cúneo. Las fichas del mapa incluyen datos sobre sistemas de escritura, referencias bibliográficas y estudios lingüísticos y gramaticales disponibles, con el objetivo de visibilizar que se trata de lenguas con desarrollos propios y, en varios casos, con reconocimiento oficial. El guaraní es lengua oficial en Corrientes y Chaco, donde existe además una reglamentación específica sobre educación intercultural bilingüe; el qom tiene también reconocimiento provincial: “Eso, en materia de legislación, es un gran avance”, señala Cúneo.

 

La plataforma incorpora información sobre el estatus escrito de cada lengua, un elemento que apunta a un prejuicio extendido: “En el imaginario, las lenguas indígenas no tienen gramática y por eso no se pueden enseñar”, describe Cúneo.

 

Por otra parte, también apunta a desarmar una representación extendida: la idea de que los pueblos indígenas pertenecen al pasado o al mundo rural, y que las ciudades son espacios ajenos a esa presencia. Para Cúneo, esa imagen no solo es incorrecta, sino que tiene consecuencias en la práctica. En el caso de Buenos Aires, la ausencia de políticas educativas o legislativas orientadas a la diversidad lingüística se sostiene en parte sobre ese supuesto. Se asume que no hay indígenas en la ciudad, cuando los datos muestran que hay un porcentaje significativo: “Históricamente fue invisibilizada la población indígena en las ciudades, y muchas veces eso lleva a que no se atienda esa situación”, explica.

Colocar a los pueblos indígenas fuera del presente es también alejarlos de la cotidianidad, desresponsabilizar al Estado y a la sociedad de su situación actual: “Si es del pasado y no del presente, no me implica, no me condiciona”, resume. El mapa, en ese sentido, es también una intervención para mostrar que hay lenguas que se hablan hoy, que hay población indígena en los centros urbanos y que esas lenguas se usan actualmente.

Esa intervención encuentra su correlato en procesos que nacen desde las propias comunidades. A pesar del contexto de restricción de políticas públicas a nivel nacional, existen iniciativas de revitalización lingüística que los investigadores consideran entre las más valiosas, precisamente porque surgen desde adentro. Entre ellas, la de jóvenes de una comunidad urbana que comenzaron a rapear en su propia lengua y hoy son convocados desde distintos países, dándole visibilidad y valor a idiomas que muchos daban por perdidos: “Nunca hay que dar por desaparecida a una lengua”, advierte Cúneo, “porque son las propias acciones de los hablantes las que pueden ir modificándose en el tiempo y volviendo a dar espacios nuevos de uso”.

El proyecto de mapeo se realizó sin financiamiento específico, en un contexto de desinversión sostenida a las Ciencias Sociales en la Argentina. Para Longhi, eso no invalida lo logrado, sino que subraya lo que falta: “Aún con todo el ataque permanente y el desfinanciamiento logramos esto. Podríamos hacer cosas mucho más importantes si tuviésemos financiamiento para recorrer el país, acercarnos a las comunidades y rescatar muchas más voces”, sostiene.

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