El laboratorio de máxima seguridad de riesgo biológico del ANLIS-Malbrán, el primero en su tipo en América Latina, es un recurso clave para la Argentina en el marco de brotes zoonóticos, como el reciente de hantavirus, que han dado lugar a epidemias y pandemias. Sin embargo, no existe una normativa unificada que regule la operatividad a nivel global de estas instalaciones, lo que implica una oportunidad para avanzar en un marco regulatorio regional acorde con su realidad política, económica, social y sanitaria.
Agencia TSS – Durante cinco días del mes pasado, la ciudad más Austral del mundo, registró una escena de película: científicos protegidos con mamelucos descartables, ropa de campo específica, guantes, protección ocular, mascarillas de alta eficiencia, equipos de presión positiva y sistemas de respiración autónoma se internaron en zonas boscosas y distintos ecosistemas de los alrededores de Ushuaia. El objetivo era mucho menos espectacular: tres especies de ratoncitos de interés sanitario (Oligoryzomyslongicaudatus, Abrothrixhirta y Abrothrix olivacea) vinculadas al hantavirus – una zoonosis que se transmite por contacto con su orina, excrementos o saliva– en ambientes naturales del sur del país.
El operativo de seguridad biológica lo efectuó el equipo técnico del Servicio de Biología Molecular del Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas (INEI) perteneciente al ANLIS-Malbrán (en particular el Laboratorio de Referencia Nacional para Hantavirus, junto con personal de la Dirección General de Epidemiología y Salud Ambiental del Ministerio de Salud de Tierra del Fuego) y ocurrió entre el 18 y el 22 de mayo pasados.
El móvil del formidable despliegue hay que rastrearlo en el MV Hondius, crucero de bandera neerlandesa que zarpó de la capital de Tierra del Fuego a principios de abril, y en el cual se generó un outbreak sin precedentes. Hasta mediados de mayo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) había detectado 11 casos vinculados al navío, tres de los cuales fallecieron y nueve provocados por la cepa “Andes”, ahora mundialmente conocida (El Boletín Epidemiológico Nacional 810 del Ministerio de Salud (MinSal) informó 13 casos vinculados a la embarcación, 11 confirmados y dos sospechosos). Quienes iniciaron la sucesión de contagios fueron dos pasajeros de Países Bajos que habían recorrido la Patagonia chilena y argentina durante meses, pasando por distintos puntos donde la subclase viral es endémica. Como tantos rasgos Argentinos, tiene una particularidad única pero estridente: se puede transmitir humano a humano.

Excede a estas líneas detallar el escenario epidemiológico local –que presenta un record de 107 casos en la temporada 2025-2026, según el Boletín Epidemiológico Nacional 810–. Lo que queremos resaltar aquí es la relevancia que cobran, en los últimos tiempos, en Argentina y en el mundo, la bioseguridad, la biocustodia y la biocontención (BBB). Tres términos distintos, pero con algún grado de yuxtaposición. La tríada, se ha ido transformando en uno de los pilares de la gestión del riesgo biológico a nivel global, junto con la supervisión de la investigación de doble uso.
Veamos: la bioseguridad (biosafety) remite a la protección del operador dentro del laboratorio al riesgo biológico; la biocustodia (biosecurity) a la protección del material biológico de la intrusión de un operador no autorizado –como podría ser un grupo terrorista–; y la biocontención (biocontainment), la combinación de parámetros de diseño físico –por ejemplo, de un laboratorio de máxima seguridad biológica– y prácticas operativas que protegen al personal, el entorno inmediato de trabajo y la comunidad de la exposición a agentes biológicos.
Durante los últimos 25 años, acontecieron brotes zoonóticos que dieron lugar a epidemias y pandemias, y que provocaron una reacción moderadamente rápida de la comunidad científica internacional. Por ejemplo, el virus de la influenza H1N1, gripe porcina, originada en México en 2009, los brotes de Ébola en África en 2014-2016-2018 –y en la actualidad, para el que conviene leer esta nota del New York Times que vincula la situación sanitaria en estos países africanos con la contradicción hacia dentro de Estados Unidos–, el virus Zika en 2007 –isla de Yap– y 2015 –Brasil–, y recientemente el SARS-CoV-2 en 2019. Incluso, con anterioridad, hubo otros brotes de coronavirus: en 2002 en la provincia del sur de China de Guangdong, fue identificado el SARS-CoV-1, proveniente del gato civeta asiático.

Luego del SARS-1, en la península arábica, en 2012 emergió el MERS-CoV, cuyo reservorio era un tipo de camello dromedario. Fue el segundo coronavirus que originó otra de las grandes crisis de salud regional. También estuvo el conjunto de epidemias debidas a la emergencia de la gripe aviar causada por el virus de la Influenza A, H7N9. La vacuna contra la influenza H1N1 estuvo en el mercado global de manera relativamente rápida pero, en líneas generales y contrario a la crisis de la COVID-19, estas epidemias –SARS-CoV-1, MERS, Zika, y Ébola– terminaron antes de que culminase el desarrollo del inmunizante.
En paralelo, en nuestras instituciones sanitarias públicas desde hace por lo menos dos décadas se está abordando de forma sistemática la tríada “BBB” mencionada más arriba. Antes de reconstruir esta frondosa trayectoria, hay que caracterizar mínimamente los cuatro niveles de seguridad, en cuanto a laboratorios de investigación biológica: BSL-1, BSL-2, BSL-3, y BSL-4 (la sigla BSL proviene del inglés bio-safety level o nivel de bio-seguridad).
Según el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID) de Estados Unidos, los primeros dos niveles refieren a instalaciones que se utilizan para estudiar agentes patógenos que no causen enfermedades de forma constante en adultos sanos, o agentes de riesgo moderado que representan un peligro en caso de ser inhalados, ingeridos o en contacto con la piel de manera accidental. Requieren procedimientos básicos de seguridad –uso de guantes y protección ocular, así como lavamanos y sistemas de descontaminación de residuos–. Subiendo un nivel, la sofisticación y seguridad se incrementan: pueden contener agentes de transmisión aérea, y causar infecciones potencialmente mortales. Los investigadores realizan las manipulaciones dentro de recintos herméticos a los gases, lo que implica aspectos como descontaminación de la ropa, ventanas selladas y sistemas de ventilación especializados.
En el nivel más alto están los laboratorios BSL-4. Según el NIAID, se encuentran habilitados “para estudiar agentes que presentan un alto riesgo de enfermedad potencialmente mortal para la cual no hay vacuna o terapia disponible”. El personal del laboratorio debe usar trajes completos con suministro de aire propio y ducharse al salir de las instalaciones. Los BSL-4 incorporan todas las características de un BSL-3 pero ocupan zonas seguras y aisladas dentro de un edificio más grande.
Ahora bien, existe un dato sorprendente a nivel geopolítico que conviene considerar con detenimiento: la duplicación de la cantidad de laboratorios BSL-4 en la última década. A principios de 2023, cuando la pandemia por COVID-19 sofrenaba su agresividad, aparecían artículos que alertaban con preocupación por el crecimiento de los laboratorios de máxima biocontención. La web GlobalBiolabs.org, auspiciada por el King’sCollege London, en su último reporte, de 2023, identificó 69 instalaciones BSL-4, entre las ya en funcionamiento, en construcción o planificadas en todo el globo. Hace aproximadamente un decenio, solo había 25.

El BSL-4 del ANLIS-Malbrán
La construcción de las instalaciones del BSL-4 en el predio del ANLIS-Malbrán se inscriben en este contexto de fuerte proliferación de biolaboratorios de seguridad máxima. Sin embargo, el desarrollo de la bioseguridad y la biocontención comenzaron a principios de la década de los 2000. Un hito fundamental fue en 2003, cuando comienza el proyecto de la Unidad Operativa Centro de Contención Biológica (UOCCB). Se trata de una plataforma transversal que brinda un espacio de biocontención con la capacidad de dar servicio a cualquier laboratorio dela Red ANLIS, académico o del CONICET, donde pudiera desarrollarse una actividad biológica riesgosa. Originariamente, tenía un laboratorio BSL-2, uno BSL-3 y otro BSL-3 Animal (para animales de experimentación como ratones, ratas y cobayos).
Las instalaciones edilicias culminaron alrededor de 2006 y en los años siguientes atravesaron el “comisionamiento”, una cláusula técnica decisiva en la cual los laboratorios, una vez que terminan su construcción, tienen que estar un período de un año en funcionamiento pleno sin actividad real pero testeando todo el sistema de biocontención. En 2009, la UOCCB estuvo dispuesta para enfrentar la pandemia del H1N1.
Casi una década después, por iniciativa de las más altas esferas de la institución, se diseñó el proyecto de refacción de las instalaciones de la UOCCB para la establecer el BSL-4, el primero de su índole en todo el subcontinente. Entre los años 2020 y 2021, cuando arreciaban los peores momentos de la pandemia, autoridades del Malbrán presentaron el proyecto al MinSal. La financiación –proveniente del MinSal y con fondos propios de la Red ANLIS– comenzó a fluir a mediados/fines de 2022 y consistió en 442 millones de pesos, como parte de una inversión total de 64 millones de dólares en toda la Red ANLIS Malbrán ejecutada desde 2020.
El 18 de septiembre de 2023, la apertura del laboratorio de 95 metros cuadrados cuyo equipamiento es en su mayoría importado, contó con la presencia de la Ministra Carla Vizzotti, quién mencionó el bioterrorismo como una de las variables que justificaron su construcción. Un año después, entró en “comisionamiento”.
¿Un marco regulatorio internacional para la biocontención/biocustodia?
El BSL-4, localizado en el barrio porteño de Barracas, luego de ser sometido a férreos testeos durante un año, alcanzó funcionamiento pleno el 2 de octubre de 2025. La puesta en marcha contó con el Ministro Lugones y con el entonces Jefe de Gabinete Guillermo Francos. El nuevo laboratorio, según informó entonces el Ministerio de Salud, permitiría trabajar “con virus y patógenos como el Ébola, el Marbugo, hantavirus y fiebres hemorrágicas, desarrollar pruebas diagnósticas rápidas y precisas, investigar nuevos antivirales y tratamientos y diseñar vacunas preventivas”.
En línea con el panorama epidemiológico global de los últimos 25 años, el nuevo laboratorio está orientado hacia la contención de outbreaks, dentro de la doctrina One Health –que toma a cada población animal como reservorio viral, a partir del cual se produce saltos zoonóticos inter-especie–.
El hecho de que las nuevas instalaciones sean las primeras en América Latina, las transforma en un punto nodal de capacitación para el personal especializado de toda la región. Expertos de la ONG Health Security Partners y del Programa de Colaboración en Biocustodia (BEP) del Departamento de Estado de Estados Unidos viajaron a BuenosAires a fin de capacitar a los equipos de la ANLIS-Malbrán en cadena de custodia, descontaminación segura de residuos y respuestas ante incidentes.

Complementariamente a lo anterior, no existe una normativa unificada que regule la operatividad a nivel global de los laboratorios de contención máxima. Existen, primordialmente, dos visiones/escuelas distintas al respecto. La OMS promueve una evaluación de riesgo más integral, y con las que se pretende que se establezcan las medidas básicas, reforzadas o máximas, para disminuir el riesgo; y se aparta de la aplicación del establecimiento de niveles de Bioseguridad –1, 2, 3 y 4– por estricto. Otros países, como Estados Unidos y Canadá, manejan el concepto de laboratorio de contención biológico independientemente de si se lleva adelante la gestión de riesgo biológico por evaluación.
Naturalmente, esto impacta en el grado y naturaleza de las vinculaciones internacionales que el ANLIS-Malbrán adquirió en los últimos años. Entre las visitas que recibió la UOCCB-BSL-4 en los últimos meses, se cuentan una delegación bipartidaria perteneciente a la Cámara de Representantes estadounidense y del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de ese país, además del embajador estadounidense, Peter Lamelas, entre otros.
El 2 de octubre, cuando el laboratorio se puso en marcha de forma definitiva, el titular de Salud, Mario Lugones, indicó que el BSL-4 “junto con los institutos en Estados Unidos (estimamos que se refiere a los Institutos Nacionales de Salud de ese país, de una envergadura incomparable al ANLIS-Malbrán), hacen que esta sea una América mucho más sólida y más libre de patógenos; y de poder combatir juntos el bioterrorismo”.
El primero en América Latina
La Argentina tiene una larga tradición de colaboración –y desarrollo–con Estados Unidos y el BSL-4 del ANLIS-Malbrán no es una excepción. No quedan dudas del virtuosismo que la interacción arrojará en las capacidades de nuestros técnicos locales. Progresivamente y a lo largo del tiempo, primero, se fueron desarrollando la bioseguridad, y la biocontención. La biocustodia, dentro de las tres subdisciplinas mencionadas (BBB), es la más rezagada a nivel internacional.
La zozobra de los políticos y técnicos argentinos con respecto a los eventos biológicos de alta intensidad es comprensible, dado el panorama de outbreaks que encontramos en las últimas décadas. Además, la falta de transparencia en el manejo de información y muestras biológicas es un denominador común, que justifica la inquietud y cierta sensación de ansiedad.
Sin embargo, es clave tener en cuenta que los contornos regulatorios difusos y poco claros, no son únicamente aprovechables por agentes violentos aislados, sinó también por las grandes potencias geopolíticas. Por lo tanto, sería interesante contar con un marco regulatorio regional de BBB para América del Sur, acorde con nuestra realidad política, económica, social y sanitaria. En este momento, es impensado esperar algún tipo de colaboración entre el Brasil de Lula y la Argentina de Milei. Brasil tiene planeada la construcción de su propio BSL-4 en la ciudad de San Pablo y en Perú está emplazado el NAMRU-South (Naval Medical Research Unit SOUTH), otra fuerte colaboración que tienen los estadounidenses con la región.
Son conocidas las fuertes tendencias privatistas del mileísmo y sería trágico que este gran logro técnico –y político– que representa la UOCCB y el BSL-4 sufran la intrusión o la captura de agentes privados no estatales.
*Profesor Adjunto Regular e Investigador de CONICET en la Universidad Nacional de José C. Paz.
16 jun 2026
Temas: ANLIS Malbrán, Bioseguridad, BSL-4, Epidemias, Hantavirus, Pandemias, Política sanitaria, Salud, Soberanía sanitaria

