Un parche de membrana amniótica evitó una cirugía compleja

Investigadores del CONICET y médicos de cirugía plástica del CEMIC lograron el cierre total de una úlcera recalcitrante mediante el uso de apósitos derivados de membrana amniótica humana. El estudio, que acaba de publicarse, le da respaldo científico a una técnica que ya se usa desde hace años pero que todavía no llega a todos los pacientes.

Por Matías Ortale  
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Agencia TSS – En septiembre de 2023, Jimena Rodrigo, integrante del staff del Servicio de Cirugía Plástica del Centro de Educación Médica e Investigaciones Clínicas «Norberto Quirno» (CEMIC), se enfrentó a un paciente para el que las alternativas empezaban a agotarse. Un hombre con mieloma múltiple en tratamiento de quimioterapia llevaba meses conviviendo con una úlcera glútea que no cedía: había surgido tras una infección por una inyección intramuscular mal aplicada y había resistido todos los tratamientos convencionales. La quimioterapia había dejado sus plaquetas tan bajas que cualquier intervención implicaba un riesgo serio de sangrado. Y por motivos religiosos, el paciente descartaba procedimientos que pudieran requerir transfusiones.

El quirófano, que en otro contexto hubiera sido el paso lógico, acá era una apuesta demasiado costosa. Rodrigo propuso algo distinto: dividió la herida en dos sectores y aplicó un tratamiento diferente en cada uno.  La primera mitad recibió una matriz de colágeno de origen bovino, un biomaterial que se usa habitualmente para preparar el tejido antes de un injerto; la otra, un apósito elaborado a partir de membrana amniótica humana. Al mismo tiempo, tomó biopsias de ambas zonas y las envió a un equipo de investigadores del CONICET para analizar qué estaba pasando en el tejido a nivel celular y molecular: “Le propuse comenzar con membrana amniótica humana en la mitad de la herida y con un apósito de membrana bovina en la otra, para poder evaluar cuál de las dos terapias era más efectiva para el cierre de la lesión”, recuerda.

Apenas 49 días después de iniciado el tratamiento, donde se había aplicado membrana amniótica la regeneración era más rápida, la inflamación había bajado y el tejido mostraba una organización más madura. El equipo decidió extender ese tratamiento a toda la lesión y cinco meses después del inicio, la úlcera se había cerrado por completo. Ese caso dio origen al trabajo cuyos resultados se publicaron recientemente en la revista International Journal of Molecular Sciences. El estudio fue realizado por un equipo integrado por investigadores del Instituto de Estudios Inmunológicos y Fisiopatológicos (IIFP, CONICET-UNLP, asociado a CICPBA) y de la Unidad 4 del Centro de Medicina Traslacional (U4-CEMET) del Hospital El Cruce, junto con profesionales del CEMIC. La primera autora del trabajo es María Ximena Guerbi, becaria del CONICET en el CEMET.

La investigación permitió explicar por qué los apósitos de membrana amniótica favorecen la regeneración de heridas complejas. Esta membrana es la capa más interna de la placenta, la que envuelve y protege al feto durante toda la gestación. Después del parto, ese tejido (que en condiciones normales sería descartado) puede procesarse y conservarse para aplicaciones médicas. Su utilización no es nueva: “El uso de la membrana amniótica es histórico, yo me animo a decir que es una medicina ancestral. Es un órgano sobre el cual hay un conocimiento profundo”, señala Griselda Moreno, investigadora del CONICET en el IIFP e integrante del equipo que realizó el estudio.

 

La investigación detectó un proceso de angiogénesis activo, es decir que se comenzaron a generar nuevos vasos sanguíneos bajo el tratamiento con la membrana. Foto: CONICET.

Ese conocimiento se explica por la enorme cantidad de componentes biológicos que concentra. La membrana amniótica contiene células con capacidad regenerativa, factores de crecimiento, citoquinas que regulan la respuesta inflamatoria, distintos tipos de colágeno, laminina y microvesículas liberadas por las propias células, todos elementos que participan de los procesos naturales de reparación de los tejidos: “Es la membrana que está en gestación y funciona como un espejo biológico que regula un montón de procesos”, resume Moreno.

Esa complejidad también permite entender por qué se comporta de manera diferente a otros materiales utilizados habitualmente para tratar heridas. En el estudio, los investigadores la compararon con una matriz de colágeno de origen bovino, un biomaterial ampliamente utilizado para preparar una herida antes de un injerto. Mientras este último aporta principalmente una estructura física sobre la que las células pueden crecer, la membrana incorpora además señales biológicas que intervienen activamente en la regeneración del tejido: “La matriz bovina es simplemente una estructura de la dermis de una vaca. La membrana amniótica es mucho más rica y además es humana”, sintetiza Rodrigo.

Esa riqueza también se expresa en el soporte sobre el que las células se organizan. En todos los tejidos del organismo existe una red de proteínas y otras moléculas que le dan unidad, estructura y regula la manera en que se comunican entre sí: la matriz extracelular, que desempeña un papel fundamental durante la cicatrización. Moreno la explica con una analogía: “En una casa tenés el cemento pero si no le ponés los hierros para las vigas, la casa se viene abajo. La matriz cumple esa función: sostiene a las células, les da un lugar donde organizarse y les indica cómo formar un tejido. Por eso es tan importante como las propias células”.

Los análisis realizados sobre las biopsias mostraron justamente ese efecto. En la zona tratada con membrana amniótica, las fibras de colágeno presentaban una organización más homogénea y madura, compatible con un proceso de cicatrización ordenado y sin fibrosis. En el sector tratado con la matriz bovina, en cambio, se observó una reacción de cuerpo extraño (una respuesta esperable frente a un material que el organismo no reconoce completamente como propio) junto con una persistencia mayor de los procesos inflamatorios.

Del quirófano al domicilio

La membrana amniótica se utiliza en medicina desde hace décadas, pero el formato con el que se presenta condiciona en gran medida su uso. Tradicionalmente, se empleó criopreservada, una modalidad que requiere mantener el tejido a temperaturas cercanas a los -80 °C, con una cadena de frío permanente y realizar su colocación en el ámbito quirúrgico. Esas condiciones limitan tanto su disponibilidad como las posibilidades de extender el tratamiento fuera de centros altamente especializados.

El trabajo analizó una alternativa desarrollada en la Argentina por la Asociación Civil para el Progreso de la Tecnología Médica de Tejidos (AMNIOSBMA), una ONG de base tecnológica que funciona como banco de membrana amniótica humana obtenida a partir de placentas donadas por maternidades y hospitales. Desde 2021, la organización produce distintos derivados de ese tejido para uso médico y ya registra más de 2000 pacientes tratados, principalmente por patologías oftalmológicas y pie diabético.

En este caso, la membrana se procesa hasta obtener un compuesto homogéneo que luego se liofiliza: se congela, se elimina su contenido de agua y se transforma en un apósito seco, de mayor espesor que los parches utilizados habitualmente en otros países. “En el resto del mundo se utilizan parches de membrana amniótica que son muy finitos, casi como un papel de calcar. Lo que nosotros usamos es un homogenato, un apósito más grueso. Eso es solamente en la Argentina y le aporta una matriz mucho más sólida a la herida”, explica Rodrigo.

Flavia Michelini, doctora en Ciencias Químicas e investigadora adjunta del CONICET en el Centro de Medicina Traslacional del Hospital El Cruce, explica que el resultado es un biomaterial que puede conservarse hasta tres años a temperatura ambiente sin perder sus propiedades biológicas. Una vez colocado sobre una herida exudativa, el propio líquido que libera el tejido lo rehidrata y reactiva progresivamente los factores de crecimiento, las citoquinas y el resto de los componentes que favorecen la regeneración. Al no depender de una cadena de frío ni requerir necesariamente una intervención quirúrgica, el tratamiento puede continuarse, en determinados casos, fuera del hospital.

 

Griselda Moreno, Natalia Santa Cruz y María Ximena Guerbi, integrantes del IIFP. Foto: CONICET Fotografía,R. Baridón.

Eso no significa que todas las heridas puedan tratarse de la misma manera. La indicación depende del tipo de lesión y del estado general del paciente: “No es lo mismo una herida de pocos centímetros, plana y vital, que una herida profunda, con tejido necrótico, un hueso expuesto o una fractura expuesta”, aclara Rodrigo, quien el mismo día de la entrevista había utilizado membrana amniótica durante una jornada completa de cirugías reconstructivas.

Aunque el caso publicado mostró una evolución clínica llamativa, lo novedoso del estudio fue haber podido observar qué ocurría dentro del tejido mientras la herida cicatrizaba y aportar evidencia experimental: “Hace un montón de años utilizamos estos apósitos y con buenos resultados. Teníamos evidencia clínica. Veíamos que los pacientes mejoraban pero necesitábamos demostrar científicamente por qué pasaba eso”, afirma Rodrigo. Los análisis revelaron un proceso activo de angiogénesis, es decir, de formación de nuevos vasos sanguíneos, en la zona tratada con membrana amniótica. Esa mayor vascularización mejora el aporte de oxígeno y nutrientes al tejido en regeneración y contribuye a una reparación más estable.

Del laboratorio a los pacientes

El trabajo es también un ejemplo de medicina traslacional, un enfoque que busca conectar la práctica clínica con la investigación básica para que ambas se retroalimenten. En este caso, la pregunta surgió frente a un paciente concreto, llegó al laboratorio mediante el análisis molecular de las biopsias y regresó al consultorio convertida en evidencia científica: “Nosotros somos los médicos que le damos al CONICET la materia prima. Somos el nexo entre el científico y el médico que está tratando al paciente. Ellos le dan sentido, y luz, a lo que estamos haciendo”, resume Rodrigo.

Sin embargo, sostener ese circuito requiere recursos. Los análisis moleculares que permitieron caracterizar el tejido demandan reactivos e insumos de alto costo que dependen de subsidios de investigación, hoy cada vez más escasos: “Cuando uno dice que va a analizar marcadores moleculares parece algo abstracto, pero solamente las columnas que utilizamos cuestan entre mil y mil quinientos dólares”, explica Moreno. Sin ese financiamiento, trabajos como este difícilmente podrían realizarse.

El objetivo final del equipo es que esta evidencia facilite el acceso de más pacientes a este tipo de tratamientos. Los apósitos producidos por la ONG AMNIOSBMA ya se utilizan en distintas instituciones del país, y pueden ser solicitados por otros equipos médicos siguiendo los protocolos establecidos. Para las investigadoras, el desafío ahora es ampliar el conocimiento científico sobre los mecanismos de regeneración y lograr que esa información se traduzca en una práctica cada vez más extendida. “Ojalá todos los pacientes que la necesiten puedan tener acceso, que todos los médicos que todavía no conocen esta herramienta puedan incorporarla y que podamos seguir investigando para entender cada vez mejor cómo funciona”, concluye Moreno.

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